Querida gente blanca

Martín Delgado Cultelli
La discusión con un agente intelectual del neofascismo, una serie afroamericana y diálogos con compañeros de la lucha anti-racista en Uruguay me llevaron a pensar en la necesidad de evidenciar algunos de los principales estereotipos racistas que tiene la “gente blanca” con respecto a la gente afro e indígena. Una forma de entender por qué a la izquierda le ha costado incorporar las luchas étnico-raciales en sus plataformas.

Cuando estábamos preparando la manifestación en repudio a Agustín Lajes y Nicolás Márquez con varios compas encontramos que la Fundación LIBRE (quienes habían financiado sus publicaciones), también auspiciaba una contraria a los movimientos anti-racistas. Esto nos ayudo a comprender que estábamos ante operaciones políticas que iban más allá de la crítica al feminismo o a la diversidad sexual, sino que también incorporaban una cosmogonía mucho más amplia. Estábamos ante un neofascismo, una doctrina autoritarita para el siglo XXI, con todo lo que eso significa.

La publicación contra los movimientos anti-racistas fue producida por un uruguayo que al parecer se formó en Estados Unidos e incorporó todo el discurso de la alt-right norteamericana, incluso usando la bandera de Gadsden. Desarrollando todo un discurso contra los movimientos anti-racistas desde los más radicales como Frantz Fanon, Malcom X y el Black Panther Party hasta los más liberales como Obama. Ahora eso sí, todos sus ejemplos eran de Estados Unidos y no de Uruguay. Al ser un representante intelectual de la ultraderecha no vale la pena discutir teóricamente el texto que publicó con auspicio de la Fundación LIBRE. No vale la pena porque estoy plenamente convencido de que a un neofascista convencido ideológicamente no se le discute sino que se lo combate. Con esta gente solo vale el repudio público.

Todo el sentido de su discurso era basado en sostener que las personas y movimientos que luchamos de distintos modos contra el racismo en realidad somos racismo. Somos racistas anti-blancos. Para los que sabemos lo que es el racismo y el colonialismo estos postulados son una idiotez. Sin embargo el discurso de que los “negros” y los “indios” somos anti-blancos lo he escuchado durante años en Uruguay. Que empoderar o dar derechos a las comunidades afrodescendientes e indígenas es quitarle derechos a la gente “blanca”. Y esto esgrimido no solo por gente de derecha sino también por otros de izquierda. Y no solo la izquierda “progre” o institucional sino incluso en la izquierda radical. Desgraciadamente el discurso racista del alt-right norteamericano es sentido común en Uruguay. De ahí la necesidad de escribir un articulo para alertar de la enfermedad del racismo que sufre nuestra “querida gente blanca”.

Individualismo vs Comunidad

El proceso histórico de la conformación del Estado Nacional uruguayo estuvo fuertemente signado por la influencia francesa. Esto no es casualidad ya que durante la Guerra Grande (1838-1852) Francia intervino militarmente en el conflicto a favor de los colorados y los unitarios. Durante ese periodo Montevideo fue una ciudad absolutamente dominada por militares y diplomáticos franceses. Los franceses influyeron tremendamente en las estructuras políticas del Estado y especialmente en el Partido Colorado, el partido del gobierno central. La gran influencia francesa está vista en el hecho de que siempre se señala la influencia imperialista anglosajona pero jamás se habla del imperialismo francófono. Esta influencia se presenta en la creencia ciega en la modernidad occidental; el desprecio total al mundo rural y en especial al mundo indígena; y en la creencia de que la única comunidad subjetiva dentro del Estado es la de la “Nación”. La concepción del liberalismo francés sostiene que la única relación posible entre la gente y el Estado es de forma individual, ósea una relación individuo-Estado. También que todos los individuos deben tener un origen común, sea real o imaginario, y ese origen es la “Nación”. De ahí que las autonomías son vistas como una aberración. Por eso el esfuerzo por destruir cualquier vestigio de propiedad comunitaria indígena, de erradicar la diversidad lingüística y de “uruguayizar” a los inmigrantes. Esto se mantiene hasta el día de hoy cuando se dice que en Uruguay “no hay comunidades indígenas” e incluso algunos sosteniendo que no hay “comunidades locales”. Todo ello basado en la creencia ciega en el individualismo y en que la única comunidad subjetiva posible es la del Estado.

También se presenta en la desconfianza que hacen muchos al hecho de que indígenas y afros exijamos espacios propios sin tener que compartir con gente de fuera de nuestros colectivos. Ahí esta implícito el chip de la dominación estatal. Sin embargo nuestra única forma de resistencia al genocidio y a la esclavitud fue el trabajo interno en nuestras comunidades. Para nosotros “comunidad” es la común unidad subjetiva, en bases a nuestros orígenes étnicos y nuestras relaciones sociales mediadas por lógicas colonialistas. Comunidad es Resistencia.

El salvador blanco

Se desconoce profundamente nuestra historia y siempre se nos intenta encajar en esquemas políticos de occidente. En los últimos tiempos ha habido un redescubrimiento de las luchas anarquistas y anti-fascistas de 1910, 1920 y 1930 sin embargo muy poca gente habla de la experiencia del “Comité Negro Contra la Guerra y el Fascismo” organizado desde la revista afro “Nuestra Raza”, periódico que tuvo la organización y la pluma de brillantes mujeres afros. Tampoco se habla de la experiencia del Partido Autóctono Negro, interesante experiencia de formación política afro-uruguaya, y que en los años 40 se acercaría al Partido Socialista. Se piensa que los “indios” surgimos ahora cuando hay organización indígena desde 1989 con la Asociación de Descendientes de la Nación Charrúa (ADENCH), organización que esta por cumplir 30 años. También se desconoce una infinidad de personas identificadas como “indios” a lo largo de todo el siglo XX y que han aparecido en la prensa local. Siempre como un fetiche étnico. Incluso hay sectores que se autonombran “anti-capitalistas” que cuestionan las políticas de reconocimiento. Sostienen que tener un reconocimiento dentro del sistema capitalista lo único que hará es incorporarnos dentro del sistema. Una crítica muy acertada ya que por eso el multiculturalismo fue impulsado por el neoliberalismo. Sin embargo sus planteamientos tienen una serie de detalles que quisiera comentar. Según ellos tenemos que esperar al triunfo de la revolución socialista o al derrocamiento del Capitalismo para luego, ahí si exigir nuestro reconocimiento y nuestros derechos. Mientras tanto debemos luchar en sindicatos, partidos y agrupaciones dominados por gente blanca. Ósea debemos esperar a una utopía que no sabemos si la veremos para poder ser reconocidos. Esa mierda no nos sirve. Eso solo sirve para que los “indios” y los “negros” seamos la base de la militancia. Seamos número pero sin poder político. Que luchemos por las banderas de otros y no por las nuestras. Eso no es muy diferente de lo que hacían los caudillos en el siglo XIX. Nos decía: “peleen por mi, si derrocamos a los colorados van a poder obtener su tierra”. Peleábamos y moríamos, y la tierra nunca la vimos. Nuestras familias fueron desmembradas en las disputas políticas de los otros.

Esta misma cuestión es a la que se refería Fanon hace más de 60 años. ¿Cómo puede ser que los afrocaribeños peleen junto a los franceses contra el fascismo en la Segunda Guerra Mundial pero no peleen contra el racismo y colonialismo que ejercían los mismos franceses? No queremos ser fragmentados, creemos en la unidad del campo popular, sin embargo queremos pelear desde nuestra singularidad cultural. Queremos pelear contra el capitalismo pero queremos que ustedes también nos acompañen en la destrucción del colonialismo. Y queremos que la memoria histórica de nuestras luchas tenga tanta relevancia como la de las feministas, sindicalistas y demás. No necesitamos a un “salvador blanco”. Necesitamos compañeros y compañeras.

Modernidad para unos, colonialidad para otros 

Debido en gran parte a la influencia francesa, aunque no únicamente, Uruguay se ha obsesionado con la modernidad. La búsqueda de la modernización justificó el genocidio de los pueblos originarios, la invisibilización de los sobrevivientes, la represión a los gauchos y la dependencia económica con los grandes centros imperiales. No es casual que el periodo que nosotros denominamos como la “modernización” está signado por dictaduras militares. La modernización reprodujo los dos pilares de dominación según Althusser: los aparatos represivos del Estado y los aparatos ideológicos del Estado.

Profesionalización de las Fuerzas Armadas y militarización de la sociedad por un lado y creación del sistema educativo vareliano, por otro. Después de sentadas las bases del sistema dominante, los militares dieron paso a políticos liberales, es así como llega el batllismo. Estos y sus políticas socialdemócratas (que no cuestionaban el orden creado por los militares) generaron un gran bienestar social. Miles de inmigrantes europeos que vivían en la miseria pasaron a ser de las clases medias. Esto genero la utopía autocomplaciente de “la Suiza de América”. Un sentimiento de auto-perfección y de superioridad con respecto al resto de América Latina, fuertemente marcadas por lógicas racistas. Uruguay era superior porque no tenia “indios” y porque tenia pocos “negros”. No como el resto del continente. Un continente de rostro aindiado, de piel morena y obviamente despótico y subdesarrollado. Esta utopía autocomplaciente de clases medias podía ser cierta para los hijos de la inmigración del 900, pero para nosotros, los indígenas y afros no. Ésta es la época de la negación de la identidad indígena; la época en donde nuestro abuelos y abuelas trabajaban como bestias en las estancias; la época en que nos pagaban con bonos en los almacenes del patrón; la época en donde mientras Montevideo y otras ciudades grandes vivían como en el primer mundo, en el interior profundo se vivía como en el resto de América Latina.

Algo similar denuncian los periódicos afros de la época como “Nuestra Raza”. El gobierno y la sociedad blanca se vanaglorian hablando de “Democracia” y “Progreso”. ¿Pero qué “democracia” y qué “progreso” tenía una familia afro de un conventillo? El país ejemplo de democracia, no llegaba a los conventillos del Barrio Sur. Nosotros siempre vivimos en la otra cara de la modernidad. La cara signada por la violencia y la marginación, la cara de la colonialidad. Así que no hablen de “Desarrollo”, “Progreso” y la “Excepcionalidad Uruguaya”. Por favor hablen de descolonización y de una verdadera democracia, una democracia para todos y todas.

El color de la piel

En más de una ocasión, cuando decimos “somos charrúas” se interpreta que hablamos de que somos genéticamente “puros”. En ningún momento decimos que ser charrúa es igual a una combinación de ADN específica o a una serie de rasgos fenotípicos, que no pueden cambiar. Jamás lo hemos dicho, sin embargo se repite una y otra vez. Esto es porque ustedes estructuran a la diferencia cultural en función de ADN o de rasgos físicos. Ósea en función de RAZA.

Para nosotros ser charrúa pasa por una memoria histórica en común. Obviamente la mayoría tenemos pelo negro y piel bronceada, pero eso es secundario. Lo esencial es la memoria de las raíces. Además hay hermanos de piel clara, pero no por eso son menos charrúas. Incluso la idea de diferenciar a la gente en función de su color de piel no está en nuestra lengua. En el dialecto chaná de la lengua charrúa, persona caucásica se dice “noá”. Sin embargo, “noá” también puede traducirse como “mentira” o “mentiroso”. Ósea lo que define a los caucásicos u occidentales no es su color de piel sino su forma de ser. Es una cultura que constantemente miente y engaña. Gente que tiene dobles intenciones todo el tiempo. Esto no solo pasa en la lengua chaná-charrúa sino también en el mapuzungun, la lengua de los mapuches. Persona occidental se dice “winka” y significa pura y exclusivamente “invasor”. Ósea no hace ningún tipo de referencia al color de la piel sino a la actitud. Para nosotros, los pueblos originarios, el otro es en función de su cultura. Para ustedes el otro es en función de biología. Esto se ve claramente en las formas de identificación de los uruguayos. Las personas que solemos identificarnos con las categorías de étnicidad o de racialidad somos en general indígenas, afrodescendientes u otros grupos como armenios, judíos y húngaros. Sin embargo la gran mayoría de los uruguayos, de origen español, italiano, francés, portugués, alemán y otros, no se identifican con ninguna categoría étnica, ni racial. Los uruguayos ni siquiera se dicen “blancos”. Incluso se ofenden cuando se les dice “blanquitos” o “gringos”. Sin embargo dan como presupuesto que somos todos occidentales e hijos de Europa. También constantemente señalan a las personas que no pertenecen a la civilización occidental. El “negro” es el termino más usado para designar a personas fenotípicamente no caucásicas. Aunque también se usa “indio”, “pardo” y “turco” en menor medida. Ósea es un eurocentrismo tan dominante que no es necesario ni siquiera decirlo. En cambio se señala lo que se corre de la norma de occidente. Es la cuestión del poderoso señalando al oprimido, pero que no le gusta que el oprimido lo señale. Y esa hegemonía eurocéntrica tiene relación con la demografía. Los indígenas y afros al ser grupos minoritarios demográficamente y dispersos en el territorio nacional, no logramos amenazar a los privilegios de la blanquitud. Sin embargo las recientes migraciones de los Andes, el Caribe, África y Medio Oriente si pueden lograr cuestionar la demografía dominante. La llegada de cientos e incluso algunos miles de afrocaribeños ha despertado el racismo solapado, ese racismo está relacionado al temor de perder el monopolio del poder blanco. Sin embargo les aclaramos algo: la humanidad siempre fue diversa. Podemos vivir en diversidad y que ustedes pierdan su “white power” no es algo malo, sino todo lo contrarios. Deberíamos acostumbrarnos a ver gente étnicamente diferente por todos lados. Quizás así Uruguay salga de su ostracismo cultural.