Pulsión de vida

Maria Noel Sosa / Foto www.eldeforma.com
Escribo desde la inmensa Ciudad de México, la que desde el martes se muestra conmovida y conmovedora, auto organizada y aferrada a la vida. Escribo, desde la misma pulsión de vida que nos ha movido en estas últimas horas luego del sismo que sacudió esta y otras ciudades del país. Escribo siendo parte de este hormiguero popular de solidaridad entre escombros, con mi cuerpo torrente de adrenalina y unas lágrimas que aun esperan el tiempo de salir.

Una y cuarto de la tarde. Sentada en mi escritorio siento que se desfonda el piso. La tierra se está moviendo. No es metáfora, retiembla la tierra y mi apartamento se balancea de un lado al otro. No hay condiciones de evacuar. Cada cual se acomoda y se agarra fuerte bajo los marcos de una puerta. Enfrentados en el pasillo, otras caras son espejo de mi miedo. Sigue y sigue el temblor, siento el crujir del cemento contra la madera que se supone me cubrirá. Es imposible no pensar que en cualquier momento algo se rajará y hasta aquí habrá sido todo. Parece no terminar nunca, no hay más que esperar y los segundos son la eternidad misma. Para. Mi cuerpo todavía siente el movimiento pero las cosas ya no se mueven. Nos abrazamos fuerte, temblando. Estamos vivas. Alivio. Al cabo de unos minutos ya estamos en la calle. En menos de unas horas un grupo de compañeras ya somos una brigada autoconvocada.

Como un chiste de mal gusto, es el 32° aniversario del terremoto de 1985, justo a dos horas del simulacro que recuerda aquel jueves en que la ciudad amaneció colapsada y más de 10.000 personas murieron.

El temblor también remueve la capacidad subterránea y antigua de organización popular. Frente al horror, frente a la catástrofe no hay quien no “le eche ganas”, se arremangue y se ponga a trabajar. Habrá otro momento para llorar, ahora lo que urge es ir a las zonas de derrumbes y colaborar en lo que sea para rescatar con vida a todas las personas posibles.

La primera noticia dura es la de la Escuela Rébsamen. Luego se conoce el colapso del multifamiliar de Tlalplan y de varios edificios en el centro. Los rescatistas y los “topos” hacen las tareas más complejas, las filas humanas sacan escombros y transmiten fuerza. Cada segundo cuenta y en las primeras horas es indudablemente la organización popular, aparentemente espontánea pero profundamente organizada, la que salva vidas.

La imagen es desoladora, escombros infinitos. Aquellos espacios mínimos donde la vida se organiza y sostiene cada día no son más que ruinas. En las primeras horas se cuentan unos treinta edificios colapsados. Al día siguiente hay nuevos derrumbes y zonas a evacuar. No hay información oficial, pero se estiman en miles las casas afectadas con daños estructurales. La información se va organizando en las redes sociales, en mensajes personales y grupos de whatsapp. Pocas horas después ya hay recursos digitales para organizar el  registro de derrumbes y de personas desaparecidas, localizadas o rescatadas, en cada uno de ellos. La contracara a esa ciudad que siempre corre, la de las calles con puestos dispersos y diversos de presumida individualidad es una red multifacética y colorida de ternura. La misma pulsión de vida de cada puesto improvisado que vende tacos, fruta, textiles locales o mercadería china, es la que ahora late y late, la que vibra haciendo posible cada rescate.

De repente un puño en alto: se oye a alguien entre las ruinas. Silencio absoluto. Todas y todas con el puño en alto, la herramienta al piso, la garganta hecha un nudo y la esperanza en una vida que resiste. En ese instante pienso en que curiosamente el puño en alto es el mismo que levantamos cuando estamos mostrando nuestra señal de lucha, en las calles, en las movilizaciones y en todo acto colectivo que hacemos por aferrarnos a la vida y por construir aquí y ahora una vida más digna para todos, para todas. Se va afinando la búsqueda, se sigue tras cada rastro posible. En la noche llueve fuerte, pero las tareas siguen, con las miles de linternas y focos que se han hecho llegar.

En las siguientes horas, mientras vamos de un punto a otro a brigadear, la ciudad es un conjunto de postales que estremecen. Desde quienes organizan el tránsito en las grandes avenidas que carecen de semáforos, hasta quienes pasan y dejan jugos, café y mucho agradecimiento por la tarea. Hay grupos de ciclistas y motos que llegan más rápido con lo que se necesita. Miles de estudiantes universitarios organizan brigadas y acopio. Señoras, adolescentes, todos y todas buscan el modo de ayudar: quitando escombros, consiguiendo herramientas, dando agua y comida a los y las brigadistas. Las ganas de colaborar desbordan todos los puntos. Por momentos la ciudad se vuelve caos, pero lo que prevalece es la voluntad de estar, de dar soporte, de que nadie se quede sólo, de que cada susurro o gemido sea escuchado, de que cada cual tenga alimento, cobijo y apapacho colectivo.

Centros de estudios, espacios culturales o deportivos devienen en albergues o centro de acopio. La solidaridad de los que conocen de dolor y organización también llega. Padres y madres de Ayotzinapa, el Consejo Nacional Indígena, diversas brigadas feministas organizan apoyo. Organizaciones barriales preexistentes y pequeños espacios improvisados se van sumando hora a hora. Hay cafeterías que dan bebidas gratis, ferreteros que donan todos sus materiales. Cada cual ofrece sus saberes de ingeniería, de arquitectura, de enfermería, de psicología y hasta hay quien se ofrece a leer cuentos a niños y niñas en albergues. Se empieza a organizar el traslado a otras ciudades en los estados de Puebla, Oaxaca, Morelos.

Hora tras hora sigue fluyendo la solidaridad en formato latas, sandwich, huevo duro, panes, frutas y todo tipo de bebidas calientes recién preparadas o hasta desayunos bien mexicanos. En el centro de acopio, por momentos parecemos hormigas locas y por momentos la mejor expresión de la auto organización. Cada quien llega y se suma a la tarea de organizar algo, hacen falta pocas palabras y la dinámica sigue. Hay miles de ejemplares de agua embotellada, miles de marcas con las que nos peleamos día a día, por la mercantilización y la huella neoliberal de un insumo tan básico se van organizando para ir junto a otros materiales a los otros lugares afectados. El ingenio popular aparece en cada tarea: desde una navaja para cortar cinta improvisada con un mango de cuchara descartable, hasta los paquetes de donación que se marcan para evitar su venta o uso electorero. La creatividad conjuga mensajes de fuerza y chistes sobre la idiosincrasia chilanga: “las quesadillas sí llevan queso”. Pese a la tensión, todo mundo es amable y cualquier detalle sirve para reírse y aliviar los músculos y los dientes.

Con el paso de las horas llegan a las zonas afectadas el ejercito y la marina. También otros cuerpos de rescatistas internacionales. En más de un caso, a través de las redes se denuncia que cuando llega el ejercito se complica la tarea que ya se venía haciendo con organización popular. Especialmente aparecen las tensiones con el ingreso de la maquinaria pesada que puede entorpecer el trabajo cuidadoso de quitar escombros atentos a la señales de posible vida. Los protocolos dicen que una vez pasadas las 72 horas puede ingresarse con las máquinas, pero en los puntos donde aun puede haber personas es la gente la que impide su ingreso, la que sigue organizando la tarea. Uno de los casos más tensos fue la esquina de Bolivar y Chimalpopoca, donde se derrumbó una fabrica textil y se estimaba que aun había mujeres dentro, aunque no hay información clara sobre ellas porque se trata de migrantes indocumentadas. Las brigadas feministas hacen carne a una consigna que viene del 85: la vida de una obrera vale más que cualquier máquina.

En los próximos días aun hay tarea de rescate, de enfermería, de acopio, de acompañamiento a quienes perdieron sus casas, de apapacho colectivo frente al dolor. Pero también son horas para estudiar la relación de los daños no sólo con la geología sino con el capital, de frenar y denunciar a las empresas que sin revisar exhaustivamente quieren retomar labores, de investigar la relación de las zonas más afectadas con la mayor especulación inmobiliaria, de revisar los permisos que se saltean, de denunciar las complicidades corruptas. La solidaridad necesita seguir organizándose, no solo en acopio, sino en seguimiento para asegurar que los camiones lleguen al destino indicado y no se desvíen sus usos con fines político-partidarios. Hay mucho por reconstruir, por transformar, pero sobre todo hay que dejar latir la auto organización popular y la fuerza colectiva, como aprendizaje y como posibilidad más allá de los escombros.

Al terminar la jornada y antes de sentarme a escribir, veo una cúpula cerca de Chimalpopoca, donde aun se busca a las obreras, y recuerdo una de las pocas fotos que tomé la primera vez que estuve aquí en México. El recuerdo se hace nítido: una antigua casa de paredes rojas con un pretil rajado de donde salía una rama, un tronco fino y pequeño que reverdecía y buscaba la luz. Esa imagen  vuelve a mí como síntesis de aquello que desde el principio se ve al pisar estas tierras y el sismo evidencia en su modo más descarnado: una cultura popular que sin olvidar sus entramados de organización se aferra en sus jirones e insiste en brotar y hacer que cualquier ruina se torne un lugar vital.