Lo más parecido al paraíso

María Noel Sosa / Fotos: Belén Marco
Varias semanas luego de sucedido, sale esta crónica tardía y musicalizada del II Encuentro Internacional de Mujeres que luchan, convocado por las mujeres zapatistas del 26 al 29 de diciembre de 2019. Reunidas en el Caracol “Torbellino de nuestras palabras”, en Morelia, Chiapas, más de 3000 mujeres, de 49 países, de todas la edades, de todos los cuerpos, convivimos, charlamos y bailamos. Desde la montaña seguirá resonando nuestra bella puesta en escena de lo potente que es sabernos diferentes, pero compartiendo luchas.

En los inicios de nuestro proceso como colectivo de mujeres, en medio de esas juntadas largas de contarnos la vida y reírnos, mi amiga Mariana Menéndez empezó a decir en chiste que el socialismo era como correr juntas desnudas por unos fiordos. Insistíamos en desarmar la imagen del futuro socialista abstracto de los espacios de izquierda desde los que veníamos. Ese futuro abstracto, lejano y desafectado nos tenía hartas. Esa imagen era nuestra burla a la pacatería. Era nuestra imagen guía de libertad. Era nuestro deseo de no escondernos como mujeres que latía fuerte. Era nuestra necesidad de huir de tutelajes, nuestra urgencia de gozar del movimiento. Ya han pasado varios años de esa imagen inicial, años de intensidad feminista. Todavía bromeamos con tal imagen, pero la hemos coloreado, paseado por varios paisajes. Ha ido sumando olor a comida y sonido de cumbia. Y ha ido haciendo cada vez más sentido cuando tomamos prestadas las palabras de Maria Galindo: “no queremos la mitad del infierno, queremos todo el paraíso”. 

Mi síntesis sensible de este II Encuentro Internacional de Mujeres que luchan, conecta con esa imagen y logra expresarse con esas palabras. En medio del dolor que nos sigue convocando, al salir de Morelia quedaron en cada una de nosotras las vibraciones de una honda experiencia de libertad colectiva. El encuentro dejó en mí la renovada certeza de que es posible. Seguramente por eso, tratando de contar la experiencia de esos días a otras, lo dije así:  fue lo más parecido al paraíso.

Prohibido entrar hombres

Primero el silencio y el cuchicheo. Fuimos llegando sin saber mucho. Nos recibieron las compañeras con una organización amorosa y efectiva. Acreditaciones, transporte -desde la entrada al caracol hasta el lugar del encuentro-, cartelería, infraestructura. Y cariño, mucho cariño, desde las compañeras que estaban en la tarea de ayudar a cargar los bolsos, hasta los carteles que indicaban dónde había señal de internet para que ninguna desesperara.

En la entrada dos insurgentas se paraban al lado de un gran cartel en una lomada. En letras rojas dice “Zapatistas”. A partir de ahí no hay hombres. Unos metros más adelante, nos recibe un cartel amarillo inmenso que anuncia “II Encuentro Internacional de mujeres que luchan”. El predio está lleno de carpas coloridas, en medio de los murales zapatistas y de la montaña majestuosa.

El encuentro tenía como eje principal hablar de las violencias contra las mujeres. Un tiempo y un espacio solo para mujeres. Si acaso, mujeres cis y mujeres trans. Sin hombres. Si acaso, como ellas dicen entre risas en sus palabras de apertura, no importa si son buenos, regulares u hombres ni modo.

Todo estaba organizado: muchos baños, comida (deliciosa, barata, sin  glifosato), lugares para refugiarse del frío y del sol, buen audio, ambulancias. Todo estaba organizado. Sin embargo no había programa, horarios, mesas. Las más estructuradas tratamos de confiar, pero algo nos faltaba. ¿Y cómo va a ser? 

Al segundo día, con el sol del mediodía, más o menos así empezó y nos enteramos de cómo iba a ser. Hubo una palabras de apertura, una intervención de las insurgentas y unas coordenadas que explicaba: un día para denunciar, otro para compartir estrategias, otro para gozar. Un rato todas juntas y otras partes en grupos más pequeños. Es decir, de algún modo similar a como le hacemos en otros lados: partir del dolor, inventar, defender y gozar de lo que creamos. Todo estaba dispuesto, para escuchar y ser escuchadas.

Comandanta Amada

Nos reciben diciendo “Hemos hecho todo lo posible para que estés contenta y segura”. Estar segura en México parece un imposible. Pero lo estamos.

En el balcón hay 4 compañeras. Una miliciana de cada lado, una compañera que sostiene un micrófono y otra con su guagua (o sea, su bebé) y un texto para leer. Formamos desde el piso un circulo inmenso, en primera línea las compañeras zapatistas y del consejo nacional indígena, luego las visitantes. La palabra la tiene la Comandanta Amada. Va de nuevo, la Comandanta se llama “Amada”. ¡Vaya nombre para una Comandanta insurgente! ¡Vaya nombre para quien habla abriendo este espacio sólo de mujeres! ¡Vaya si todas merecemos ser amadas! Amadas sin amor romántico feminicida. Amadas en serio, por la trama en la que habitamos, amadas en nuestra existencia y no despreciadas en nuestro ser mujeres. Amada dice que hay que defenderse y defender, cuidarnos, cuidar especialmente a las más chiquititas. Y aclara que fue elegida para leer porque es madre de una niña, esa misma que está ahora con ella, esa misma que está heredando toda esa fuerza.

Nos bienvivieron a las que ahí estábamos y a las que no: “Y aunque no hayas podido venir, igual te saludamos, porque estás pendiente de lo que pasa aquí”. Es que estamos las que estamos, tratando de estar todas. Nos dicen que como zapatistas que son piensan que es mejor estar organizadas.

Las que prepararon todo, saben que todas nos organizamos para ir. Y saben que hay que decir siempre eso que se hace, para que no se invisibilice de nuevo. Dicen “lo sabemos bien” todo lo que cada quien tuvo que hacer para estar ahí. Y agregan “lo sabemos bien que tu corazón está poco contento y que aquí te vas a encontrar con otras mujeres que luchan (…) de repente para tu lucha ayuda escuchar y conocer otras luchas de como mujeres que somos. (…)aunque estemos de acuerdo o no en otras luchas, a todas nos sirve escuchar y aprender”

La diferencia no es debilidad, es fuerza poderosa

Quiero detenerme en esta parte del discurso. Por lo que dice en el lugar que se dice. Por lo que me resuena. “Todas somos mujeres que luchan. Tenemos diferentes modos, es cierto. Nuestro pensamiento de zapatistas que somos es que no sirve que todas seamos iguales de pensamiento y modos. Pensamos que la diferencia no es debilidad. Pensamos que la diferencia es fuerza poderosa si hay respeto y hay acuerdo de luchar juntos pero no revueltas.” 

“Si no dejamos que nos dividan las geografías, tampoco dejemos que nos dividan los calendarios”, dicen también. Una de esas diferencias es la de edades, o mejor dicho de las trayectorias, de las experiencias. Entre la beba que escucha en la espalda de su mamá y las señoras más mayores, a las que nombran “mujeres de juicio”. Va a todas y a cada quien un mensaje, para la comprensión mutua del lugar de cada quien en la lucha, unas con camino recorrido, otras con una convicción nueva. Todas quedamos con la tarea de enseñar a protegerse y defenderse a las más chicas, hasta que ya tengan sus propias fuerzas y hasta que ya se pueda vivir sin miedo.

Nosotras también “lo sabemos bien”. El problema no es ser distintas, el problema es la jerarquización de las diferencias, como nos enseñó Silvia Federici. O como nos ayuda a entender sensiblemente Audre Lorde en su poesía. Resuenan todas estas palabras en las preguntas que nos hacemos en Minervas y que escribíamos en el prólogo de nuestro libro “Momento de paro. Tiempo de rebelión”: “¿es posible que esas diferencias no sean fuente de dominación? ¿es posible que no se jerarquicen podemos alojarlas para que, en su fricción, desaten practicas creativas?  ¿podemos ser fuente de fuerza y coraje unas de otras y no hacerle culto a la enemistad histórica que han querido imponernos?” (Minervas, 2018: 10)

Una imagen, entre muchas, de esa fricción llena de chispas creativas, que da cuenta de la fascinación y admiración mutua es la que mi amiga Victoria Furtado sacó del encuentro de las insurgentas con las chilenas de la brigada propaganda feminista. Las chilenas llegaron con toda la energía de la revuelta en Chile y pusieron sus diseños de estampas de remeras a disposición.  De repente, en la fila aparecen las compañeras con sus capuchas a estampar su remeras y las chilenas se llenan de emoción. Un encuentro como miles, un encuentro que da cuenta de lugares y tiempos potentes de la lucha en América Latina. Una foto de fuerza y más fuerza, de chispa pura para quemar lo que no e iluminar lo que sí.

¿Qué si esto es el amor?

En la apertura, cuando terminan las palabras de Amada nos avisan que las insurgentes tienen también un mensaje de bienvenida. Las insurgentas son mayormente adolescentes, son jóvenas. Son hijas y nietas de las que se levantaron en 1994. Tienen mochilas de flores. Los uniformes verdes, de un verde militar selvático, más burlón que camuflado. Y los arcos tienen flores, cintas de colores. Se forman. Suena la cumbia “17 años” de los Angeles Azules. Empiezan a marchar. Mucha buena vibra. Es que ese inicio con ese ritmo es contagioso. Sorpresa, gritos y risas. ¿Un ejército que marcha con cumbia? ¿Unas insurgentas que bailan? ¿Qué hace esa canción de letra pedófila de un amor de un adulto con una “niña de 17 años” entre nosotras? Hace lo que hace, te enciende con su sonido. Y nosotras hacemos lo que hacemos: resignificarlo todo. Ahora cuando escucho esa canción recuerdo a las insurgentas, a mi risa escandalosa grabada en el video que registré y recuerdo la fuerza de estas pibas de 17 años, o menos. ¡Que belleza nuestra capacidad infinita de inventar! Como cuando cocinamos y logramos hacer cosas nuevas con lo que queda en la heladera. Porque no hay un día perfecto y puro, en la heladera hay canciones como estas, y en nuestras mesas ahora hay platos nuevos.

Cuando la formación ya es un cuadrado amplio, entra al centro una joven. Todas las insurgentes comienzan a rodearla en forma de caracol. La rodean y luego las arqueras “preparen y apuntan” pero sin disparar. Ellas la cuidan y protegen. Y en un círculo más amplio todas las demás también lo hacemos. Sentimos el caracol que nos cuida a todas. Nos comprometemos a cuidarnos.

En los restantes días otra canción circula a cada rato. Son varias músicas con charangos, guitarra, percusión, que van caminando y cantando una nueva versión de esa cumbia que también todas sabemos “Nunca, pero nunca, me abandones cariñito”. Pero ahora cantamos “Nunca, pero nunca, me abandones en la lucha” Y así, entre risas, vamos exorcizando ese amor romántico y asfixiante, poniendo las palabras que necesitamos, las que nos dicen que el amor entre mujeres, el amor compañero -además del sexoafectivo-, es posible, es deseable, es hermoso. 

Durante todo el encuentro, aunque somos muchas y hay que hacer filas o esperar, todo fluye. Cada quien aporta lo que toca para cuidar que esté limpio y a gusto todo. En las filas del baño, de la comida, mientras elegimos unas caravanas nuevas en los puestos o nos probamos ropa, mientras vemos bordados y textiles nos miramos con la otra y sonreímos cómplices. Nos reconocemos.  ¿Qué si esto es el amor? Sin dudas.

Paloma negra ( o cómo arrancarnos juntas  los clavos de nuestras penas)

La apertura fue para sacar el dolor. Nos invitaron a tomar la palabra y sacar la rabia, a escucharnos con respeto: “Así que sin pena hermana, compañera. Dígalo claro su dolor, llore su coraje, grite su rabia”. Cuando se habilita la palabra, a micrófono abierto y en un espacio inmenso empezamos a decirnos entre nosotras que seguro tardará en comenzar, que será difícil hablar ante tanta gente aunque haya habido un encuadre claro de escucha respetuosa. De repente la palabra empieza a circular y en unos minutos más de 90 compañeras están anotadas en la lista.

Se podía escuchar en el templete- un gran espacio techado- o desde cualquier lugar desde el que se estuviera - comedores, baños, carpas. Como un eco permanente que te iba haciendo conectar con las historias similares que cada una tuvo. Ya teníamos claro que todas sufrimos algún tipo de violencia, pero al cabo de unas horas pensamos que además todas tuvimos algún tipo de abuso sexual. Al menos alguna vez nos tocaron sin que lo quisiéramos, al menos alguna vez tuvimos sexo sin desearlo porque no se suponía pudiéramos rechazar a novios, maridos, amantes; alguna vez hicieron algo con o en nuestro cuerpo que no queríamos. 

Escucharnos por horas nos hizo mirar de nuevo el continuum de violencia, saberse en proceso, pero sin arrogancia salvacionista. Algunas de esas historias están a flor de piel, otras estaban guardadas en algún lugar lejano de nuestra memoria. Algunas dijeron era la primera vez lo recordaban, muchas que era la primera vez que se animaban a decirlo. Aparecen familiares y aparecen muchos profesores. En mi ser universitaria rebotan con más fuerza la cantidad de denuncias de docentes de las distintas universidades. Aparecen amigos, o mejor dicho, supuestos amigos. Y aparecen los “compañeros” de la militancia mixta. Historias repetidas. Hubo denuncia de los agravios de extractivismo, de despojo, de las alianzas patriarcales en nombre del desarrollo. ¡Esa también es violencia contra nosotras!

Cuando cada una contaba su historia todas gritábamos fuerte ¡No estas sola! ¡No es tu culpa! Una y otra vez nos hicimos saber que no estamos locas, que no estamos solas. Que la mugre es de otro. ¡Cuanta potencia de sanación colectiva!

En la noche, el templete se llenó de artistas. Una tras otras las compañeras rapearon, cantaron con sus voces hermosas. Y seguimos re significando boleros, gritando con fuerza de Chavela Vargas cantando "Paloma negra" que lo que queremos es vivir nuestra vida.

Se pueden hacer cosas

En medio de las denuncias, una compañera nos cuenta de su separación, del tiempo que le llevó salirse de una relación en la que sólo era tratada despectivamente, entre otras cosas por ser hablante de Náhuatl. Nos contaba su dolor, pero a cada rato decía “Se pueden hacer cosas” y sonreía. Nos cuenta todo lo que hizo luego de separarse: participar como actriz en varias películas, ser perito en lengua indígena, terminar una carrera universitaria, entre otras cosas. Cada vez que decía lo que había hecho reiteraba, se pueden hacer muchas cosas. Y todas gritábamos celebrando sus logros. Todas celebramos todo lo que hemos sido capaces de hacer. 

El segundo día fue para eso, para estar al tanto de lo que hemos sido capaces de hacer colectivamente. El último para sentir con el cuerpo y la garganta todo lo que se puede hacer y gozar. Todo el encuentro fue para recordar que se pueden hacer cosas, que hay que decir ya basta y hacerlo de otro modo. 

Las zapatistas además de disponer toda esa capacidad organizativa, que es en si mismo compartir un aprendizaje de más de 25 años, nos cuentan que en tierra zapatista, este año no hubo ni feminicidios ni desapariciones. Hay que volver a decirlo porque parece algo que deseamos tanto pero que es difícil de figurar. En medio de México, en territorio autónomo zapatista no hubo feminicidio ni desaparición de mujeres. Si hay casos de violencia. Están al tanto, no lo niegan.  Resaltan que todos los que violentaron son hombres, que además de las autoridades autónomas también lo están viendo “como mujeres zapatistas que somos”. Durante esos días recodamos, reconstruimos entre varias el trabajo paciente de muchos años, desde la Ley revolucionaria de las mujeres, a los mensajes de radio que en las comunidades se pasa para decir una y otra vez que se puede denunciar la violencia, hasta la paridad de cargos.

La propuesta a la que invitaron, que tuvo estructura y a la vez fue lo suficientemente laxa,  permitió que se vayan superponiendo otras posibilidades de encuentro y organización por tema, país, interés. El encuentro tuvo adentro muchos encuentros potentes: de músicas, de talleristas en sexualidad, de medios alternativos, de sanadoras, de artistas, de familiares que buscan a sus hijas o que están peleando por justicia, de las que luchan contra proyectos extractivos.  Encuentros que suponen hacer sinergía, densificar la trama desde cada quien, ensayar potenciarnos desde las prácticas y por fuera de mediaciones patriarcales. 

En un sentido de la política masculina que conocemos diríamos que no hubo síntesis porque no hubo una declaración pomposa, pero sabemos que hay acuerdos de seguir luchando y hay fuerza renovada. Y que eso es mucho, y que eso es fértil porque compartir sentidos se expresa también en imágenes y canciones, en palabras nuevas para nombrar es un quantum gigante de energía con la que nos vamos y con la que crearemos en cada ese mundo que ahí experimentamos. No hubo documento final, hubo una nueva experimentación en los cuerpos de la potencia que estamos descubriendo al reconocer de cuánta energía se dispone cuando no somos para otros, cuando nos mueve el deseo de cambiarlo todo. Y hay contactos nuevos y redes tejiéndose. Y hay certeza de que es posible acuerparse.  Queda la invitación a recordar lo que el cuerpo sintió, a seguir pensando como es la forma política que nos estamos dando.

Lo sabemos bien

Dice Audre Lorde, en “Usos de lo erótico” que una vez que sabemos de nuestra capacidad para sentir una satisfacción plena, absoluta, sabemos que no podemos exigir menos. Se vuelve un manantial de fuerza inagotable. Dice que es vital compartir el gozo para disminuir el miedo a la diferencia. Bailando juntas nos sabemos capaces de eso. 

El ya basta es también un basta a aceptar la impotencia. No hay un futuro mejor si nuestros cuerpos no pueden mostrarse y vivirse en movimiento, gozosos, sin miedo. No hay futuro posible si el goce no está ligado a los paisajes que habitamos. 

Con esa fuerza de estar entre nosotras volvimos al mundo terrenal, en el que hay hombres buenos, regulares y ni modo. Nos fuimos sabiendo una vez más que hay un paraíso que nos merecemos y que estamos empeñadas en tener. Uno no de prohibición, sino de infinitas posibilidades. Un paraíso que se parece a los espacios entre mujeres que tejemos día a día en nuestros territorios, que en esos días se vio multiplicado y que nos da certeza sobre la posibilidad de ampliación de escalas. Un paraíso de verdad, refundado sin la culpa cristiana y patriarcal. Un paraíso que se sabe imperfecto porque se hace en medio de precariedad, se hace con las heridas que traemos. “Lo sabemos bien” que implica dificultades. Pero cuando estamos juntas dispuestas a respetarnos y potenciarnos experimentamos la fuerza de nuestra dignidad rebelde. “Lo sabemos bien”, que llevará tiempo, pero que un paraíso es posible si lo construimos a pura voluntad de tejido y con paciencia de caracol.