La ofensa acostumbrada – racismo, sociedad y “sensibilidades”

Pilar Uriarte Bálsamo
Una columna de tambores desfila por Isla de Flores el jueves a la noche, es el desfile de Llamadas. Los tocadores llevan máscaras de monos. ¿Chimpancés? Sus tambores rojos tienen un gorila estampado con esténcil. El diseño dialoga con el vestuario del escobero y el de un personaje atípico, que caracterizado de gorila escapa de una jaula de utilería, atraviesa el grupo y se pone al frente para marcar los tiempos de la cuerda. Después de unos minutos retorna a su jaula para que el desfile continúe. La puesta en escena es cuidadosa, con un buen trabajo de realización. Máscaras, trajes, accesorios, pintura y maquillajes; nada deja lugar a la ambigüedad y la presentación podría ser definida como “muy bien lograda”. Una comparsa de simios desfila en noche de llamadas por Isla de Flores.

Tímida, se desata la polémica. No parece haber, no aparecen otras lecturas, otras claves de interpretación que permitan comprender esta propuesta artística más allá del racismo que impregna la “ocurrencia”: identificar a los protagonistas de la mayor manifestación pública de la cultura afrouruguaya con lo animal, primitivo, salvaje, pre-cultural y por tanto, no humano1. En las redes sociales circulan comentarios personales, informales y comunicados de colectivos organizados. Sin embargo la condena de la población no es absoluta, ni por asomo.

Al respecto de estas polémicas, la comparsa emite un comunicado de prensa en el que: 1- enumera las acciones inclusivas que lleva adelante en diferentes materias, 2- sostiene que no tuvo intenciones de ofender con su presentación y que ésta fue malinterpretada, 3- reivindica la libertad de expresión.

Los tres elementos pueden ser discutidos y analizados a fondo a partir de aportes de diferentes vertientes de pensamiento; pero me voy a detener únicamente en el segundo.

La comparsa sostiene que no tuvo intenciones de ofender. Efectivamente, parece poco razonable que cualquier participante del desfile albergue una postura racista y busque amplificarla en el contenido de su espectáculo. Sin embargo - y como lo señala el comunicado del colectivo de Jóvenes Afro2  - que no haya pretendido ser ofensivo, no significa que no lo sea. Asociar la trata esclavista a la captura con la caza y cautiverio de simios sin cualquier otra mediación o posicionamiento crítico, no puede ser otra cosa que una ofensa. No reflexionar sobre la lectura que el público hará de la propuesta antes de ponerla en escena, podría ser calificado de irrespetuoso, pero es mucho más que eso, es racismo: cotidiano, internalizado, irreflexivo - quizás hasta bien intencionado - pero racismo al fin.

Es posible, de forma provisoria, aceptar que hay verdad en las dos afirmaciones. Por un lado aceptamos que no había finalidad ofensiva, ni una intencionalidad explícitamente racista en la puesta en escena de la comparsa. Al mismo tiempo proponemos que existió, y sigue existiendo en la medida en que no se reconozca en tanto tal, una ofensa de corte racial, en la forma en que se presentan imágenes, sentidos y significados. Nos enfrentamos entonces al desafío de aceptar como verdaderas dos afirmaciones en contradicción.

Una de las formulas más cómodas, más rápidas y más utilizadas para responder al problema que genera la distancia entre lo que se piensa que se está diciendo y lo que está siendo escuchado, es la acusación de sobreinterpretación o hipersensibilidad por parte de quienes se sienten ofendidos. Este argumento, que postula una tendencia de los colectivos históricamente excluidos a la victimización es seductor por muchos motivos. Refuerza aquello que pensamos (siempre un poco más en línea con los discursos hegemónicos que habilitan la ofensa de lo que imaginamos), nos brinda coartada para nuestros propios errores y nos permite construir un colectivo con el cual identificarnos por oposición a los “fundamentalistas de lo políticamente correcto”. Aquí están otra vez las minorías, arruinándonos la fiesta del humor sobre ‘el otro’, de la libertad impune. De esta forma, los colectivos que señalen cualquier forma de discriminación se transforman en acusados. Se les acusa de exagerar, de tergiversar, de dividir, de señalar las diferencias. Se vuelven un peligro para la armonía que reina ciega, sorda y muda frente a las desigualdades; que nos propone iguales y que no acepta que se evidencie la diferencia.

Cuando se habla de sobre o malas interpretaciones, se está diciendo que aquel que interpreta está cometiendo un error, que está entendiendo mal. Las denuncias de racismo y otras formas de discriminación parecen interpretar mal lo que sucede porque ven cosas que no se ven a simple vista, conectan elementos en función de contextos, leen entrelineas, muestran cadenas de sentidos, estructuras de significados, que todos hemos naturalizado3 . Se dice que le buscan la quinta pata al gato, pero no hacen más que contar las cuatro y mostrar cómo el gato camina. En esta ocasión se trata de la población afrodescendiente, pero es una operación que funciona también en relación a las mujeres, personas con discapacidad, los colectivos por la diversidad sexual y de género o cualquier otro grupo que visibilice matrices de dominación.

A esta altura es necesario realizar una precisión en torno a los malos entendidos. Si pretendo convencer a otro de que estoy siendo malinterpretado, es preciso que pueda enunciar con relativa claridad, cuál era el mensaje que quería transmitir y en que puntos no fue comprendido. Esa es la gran ausencia en el comunicado de prensa de la Comparsa de San Carlos. Nos dice que no quería ofender, y les creemos, pero no sabemos que fue lo que nos quisieron decir. A partir de esta ausencia podemos aventurar una segunda síntesis para la contradicción presentada arriba: unos no quisieron ofender, pero otros fueron (de hecho y no simplemente “se sintieron”) ofendidos.

El racismo, en tanto matriz de dominación y en tanto ideología que ordena y da sentido al mundo, está naturalizado en nuestro mundo social. Segato, al definir las diferentes formas en que éste funciona y se reproduce, nos habla de una forma de racismo “acostumbrado”4 , sin intencionalidad, naturalizado, legitimado por la cotidianidad, por su supuesta inocuidad. Los contenidos, las analogías, las imágenes, el repertorio de palabras que tenemos a disposición está plagado de racismo. Estamos acostumbrados a usarlo; no pensamos en eso, pero al usarlo, ofendemos. Ofendemos aún sin quererlo.

Es posible articular imágenes y significados racistas, sin necesariamente ser un racista convencido, o incluso tomando posicionamientos políticos contrarios. Eso es lo que sucede en “la comparsa de los simios”: ofensa acostumbrada, imperceptible en el cotidiano y amplificada un  espectáculo que saca a la luz lo más arraigado de nuestros prejuicios. No es intencional, pero es racista. Un espectáculo de esas características solo es posible en un contexto de irresponsabilidad e irresponsabilización en torno al racismo de cual todos somos partícipes. Por eso, porque no es explícita, porque ofende a “otros” y no a “nosotros” su presentación nos parece aceptable Por esa misma razón, el señalamiento del racismo constitutivo de su contenido nos parece exagerado y sus denunciantes demasiado “sensibles”.

Arte, comunicación, espectáculo, conocimiento, ninguno de esos ámbitos puede abstraerse a las escalas de valor, los procesos históricos y las jerarquías sociales que ordenan nuestro mundo. Si no se cuestionan se reproducen, si se reproducen ganan efectividad y vigencia. Si menospreciamos su denuncia aumentamos la opresión que generan. Si los invisibilizamos en tanto mecanismos de dominación o los avalamos en función de supuestos valores artísticos, nos transformamos en sus cómplices.

 

Notas:

1. Sobre la construcción ideológica de una línea que delimita lo humano de lo no humano / el ser del no ser en términos raciales ver Grosfoguel (2012) “El concepto de «racismo» en Michel Foucault y Frantz Fanon: ¿teorizar desde la zona del ser o desde la zona del no-ser?”  https://www.redalyc.org/pdf/396/39624572006.pdf

2. https://www.facebook.com/jovenesafrosuruguay/

3. Sobre el racismo como ideología que naturaliza al desvalorización del racialmente identificado a partir de valoraciones socialmente construidas ver Hall (2010) “Los blancos de sus ojos: ideologías racistas y medios de comunicación” En: Sin Garantías. Trayectorias y problemáticas en Estudios Culturales. Envión editores, Colombia.

4. Retomado para comprender el contexto uruguayo por Tania Ramirez (2012) en “Ciudadanía Afrodescendiente”.  http://www.mides.gub.uy/innovaportal/file/21225/1/librillo_09.pdf.