La lucha por la despenalización del aborto en Ecuador: De cómo nosotras organizamos la rabia y politizamos la tristeza

Alejandra Santillana Ortiz* / Foto: Dominique Ríofrío
¿Qué nos mueve, en medio de la diversidad de nuestras experiencias, a autoconvocarnos y exigirle al Estado y a la sociedad ecuatoriana, que la despenalización del aborto en casos de violación se apruebe porque es un mínimo de justicia? ¿Qué nos mueve ante la reiterada muestra de odio de quienes deciden por nuestras vidas? Nos mueve el deseo de permanecer libres y vivas; de que el mundo sea más justo; y de que todas, y no solo pocas, podamos cumplir nuestros proyectos vitales, plenamente. Este escrito analiza el escenario político y las reacciones del movimiento feminista frente a la reciente negativa de la Asamblea Legislativa ecuatoriana de despenalizar el aborto para casos de violación.

“El mundo retrocede, nosotras no” escribía Cristina Burneo Salazar en twitter, ante la negación de la Asamblea Legislativa de despenalizar el aborto en casos de violación.

“Iglesia y Estado, asunto separado”,
“Las niñas son niñas, las niñas no son madres”
gritaban mis hermanas feministas en las calles del Ecuador

 



Guayaquil, Ambato, Loja, Portoviejo, Ibarra, Santo Domingo, Riobamba, Lago Agrio, Cuenca, Quito. Marchamos todas, caminamos juntas.

¿Qué nos mueve, en medio de la diversidad de nuestras experiencias, a autoconvocarnos y exigirle al Estado y a la sociedad ecuatoriana, que la despenalización del aborto en casos de violación se apruebe porque es un mínimo de justicia? ¿Qué nos mueve ante la reiterada muestra de odio de quienes deciden por nuestras vidas?

Nos mueve el deseo de permanecer libres y vivas; de que el mundo sea más justo; y de que todas, y no solo pocas, podamos cumplir nuestros proyectos vitales, plenamente.

Y nos volcamos a las calles, a pesar de ese desprecio que nos tienen.

A nosotras.
Nosotras que somos seres humanos.
Nosotras que somos personas.
Nosotras que sostenemos el mundo y la vida con nuestros trabajos no pagados.
Nosotras que cuidamos la naturaleza y defendemos los territorios de la minería y el avance petrolero.
Nosotras a las que el Estado no cuida.
Nosotras que somos parte de lo que le queda de dignidad al país.

Fuimos quienes todos estos años, a punta de redes afectivas, colectivos, acompañamientos, asambleas, talleres, campañas, investigaciones, no olvidamos que el escenario de crueldad y misoginia en el que nos encontramos, fue establecido por el mismo correísmo en el Código Orgánico Integral Penal (COIP), ese que ahora pretende ubicarse en el lugar de la crítica al neoliberalismo morenista, pero que es el responsable de que se haya aumentado una causal para la penalización del aborto en el Ecuador: ser criminalizadas luego de haber sufrido una violación. Sabemos que en las elecciones del 2013, Alianza País obtuvo 100 de 137 curules [1], fueron esxs asambleístas los que impusieron su lógica sumisa para aprobar un cuerpo legal que no solo viola los principios constitucionales de laicidad y garantismo, sino que legisla injustamente sobre una realidad que no quiere ver: 11 mujeres son violadas cada día; 7 niñas son forzadas a parir producto de una violación a diario; y entre el 2009 y el 2016, 17.448 niñas menores de 14 años dieron a luz producto de una violación.

Han transcurrido cinco años desde que entrara en vigencia el COIP, Rafael Correa no es más el presidente del Ecuador, Alianza País ha pasado por una recomposición y ruptura interna, y Lenin Moreno, ex vicepresidente en el periodo correista es el nuevo mandatario. Se han firmado acuerdos con el FMI y pareciera que son más las diferencias que las continuidades con el gobierno anterior. Y sin embargo, el pasado martes 17 de septiembre, volvimos a sentir una furia, triste y profunda recorriéndonos la garganta, los ojos y las entrañas cuando 59 asambleístas de distintos movimiento políticos votaron contra la reforma al COIP que buscaba entre otros elementos la despenalización del aborto en casos de violación. Del total de asambleístas, 65 votaron a favor y 7 se abstuvieron. Se necesitaba un mínimo de 70 votos para la aprobación de la reforma. El aborto aún si hemos sido violadas, está penalizado en el país.

Y así como hace seis años cuando se aprobó el COIP en segundo debate, con mayoría correista; esta vez nosotras, tampoco olvidaremos a lxs responsables de este reiterado acto de crueldad extrema. No olvidaremos por ejemplo, a lxs que se fueron del país y se abstuvieron, a quienes no se jugaron a cabalidad por nuestras vidas, a quienes votaron en contra de la reforma. Están en la memoria de estos feminismos que hacen historia.

¿Y qué pasará con lxs cuatro asambleístas de Pachakutik que votaron en contra?, Ellxs se quedarán siempre en el lugar de la traición a los propios principios ideológicos y éticos que un día dieron luz a su movimiento. Permanecerán en nuestra memoria, y en nuestra rabia. Más aún para quienes hace casi tres décadas presenciamos el surgimiento de un actor potente y radical, que desacomodaba los cimientos del Estado nación, develándonos la persistencia de racismo y colonialidad en la sociedad ecuatoriana, e imaginando horizontes plurinacionales de transformación. Un movimiento que mientras ganaba las elecciones de gobiernos locales para democratizarlos, y frenaba tratados de libre comercio, se sumaba activamente a la campaña por la despenalización de la homosexualidad en el país, constituyéndose en un movimiento-proceso que acogía un sin número de luchas por la justicia social y la vida digna.

Es por eso, que la votación de lxs asambleístas de Pachakutik, sintonizada con los valores e intereses de las élites opus dei y de lxs progresistas conservadorxs, de los patrones y terratenientes; nos muestra que la vida de las mujeres y más de las jóvenes, de las más empobrecidas, de las afros e indígenas, no tiene para ellxs, ningún valor. Su votación contra la despenalización del aborto, se inscribe en una cultura de la violación que se inaugura con la Conquista española y que se naturaliza posteriormente en las haciendas a través de la huasicamía [2]y la racialización y feminización del trabajo doméstico asalariado. Y es que votar contra el derecho a que las mujeres puedan decidir si quieren interrumpir un embarazo luego de haber sido violadas, es votar a favor de una nefasta herencia colonial.

Ese es el tamaño de su traición.

Lo que estxs asambleístas colocan en el centro es el cálculo electoral que establece la política de lo posible, esa que no da paso a la esperanza como motor de la energía colectiva, ni permite imaginar horizontes utópicos que no estén determinados por el Estado, su reforma y los marcos de la tecnocracia. Y es que si hay algo que podría potenciar un diálogo político entre los feminismos y el movimiento indígena, es la configuración de comunidades políticas que no pongan en el centro y como prioridad, las formas estatales.

Sin embargo, quedarnos en la lógica de señalamiento, útil para reavivar la ira, pero estéril para comprender lo que acontece; es finalmente no dar cuenta de los profundos cambios que le asisten a la sociedad ecuatoriana y a sus fuerzas sociales y políticas. Pensemos por ejemplo que el accionar de lxs asambleístas del PK, es expresión de la crisis política del movimiento indígena, pero también del campo popular; de la ausencia de dirección política de Pachakutik nacional, pero también de movimientos sociales capaces de hacer cumplir el mandar obedeciendo; de la separación orgánica entre Pachakutik y la Conaie, así como de la distancia entre los movimientos sociales y sus propias bases; de la transformación ideológica y material de su población, pero también del proyecto neoliberal y de modernización capitalista que estructura al Ecuador. Es así que, la ruptura con ellxs es la fractura con una sociedad que nos dice permanentemente que nuestras demandas son secundarias, aplazables, no históricas; y con un Estado que nos usa como incubadoras de fuerza de trabajo, para mantener un gobierno que controle nuestros cuerpos, y así controlar la vida.

No señalar sin asumir autocríticamente lo que ha ocurrido con las organizaciones, no es de ningún modo quedarnos calladas. Es pensarnos y es simultáneamente exigir justicia y reparación.

De ahí que luego de la votación de la Asamblea el 17S, el movimiento feminista en distintas ciudades del país, entró a una etapa intensa de significación colectiva, de toma del espacio público y de necesidad de articulación interna. En todas las reuniones que se han convocado en estos días posteriores, lo que se siente es la diversidad de formas no solo de actuar o de pensar este momento, si no de comprender el feminismo. Este tiempo de la contingencia visibiliza los diferentes feminismos que en coyunturas como esta, requieren cohabitar, coordinar lo común y buscar caminos juntas, así sea temporalmente. Al lado de los llamados al veto presidencial y la estrategia con el Ejecutivo; a la exigencia de renuncia de María Encarnación Duchi, asambleísta de Pachakutik, que votó en contra y preside la Comisión Especializada Ocasional para atender temas y normas sobre Niñez y Adolescencia de la Asamblea Nacional; están las propuestas de acción directa, las movilizaciones por el 28S, la voluntad de hacer talleres y de coordinar con otras, las entrevistas y programas de radio, los artículos que van saliendo de mano de la compañeras.

Es potente mirar cómo además de Aborto Libre Ec o Vivas Nos Queremos la búsqueda de otras articulaciones y formas de hacer se van produciendo con el pasar de los días: el Bloque Feminista o las convocatorias para la marcha del pasado viernes 20 de septiembre, son un ejemplo de esto. Lo que les junta a estas mujeres “interpeladas ante la negativa de la Asamblea de despenalizar el aborto por violación” es “la lucha para que el aborto sea ley, es el deseo de hacer juntas, de a poco”, es así que se van encontrando “las que están desde el principio y las que se fueron sumando en el camino”, nos cuenta nuestra compañera Vanessa Bonilla, quien participa activamente en la Marea Verde:“somos mujeres que vienen de historias distintas, unas que son jovencitas, algunas no tanto, están las que son parte de colectivos, y también las que no, muchas no se conocen, todas hemos sufrido violencias…ese es el momento en el que nos encontramos”.

El signo de este tiempo articula en un pacto patriarcal, el histórico y continuo condicionamiento político de las Iglesias Católica y Evangélica para definir la política pública en un Estado laico, el ajuste neoliberal y el endeudamiento, los recortes y despidos; y la derechización y conservadurismo de actores que otrora fueron parte de la transformación estructural del Ecuador. Como señalaba nuestra compañera de Ruda Colectiva Feminista, Kruskaya Hidalgo en una entrevista para CNN el 20S, “estamos exigiendo el veto presidencial porque Lenin Moreno, la Asamblea y cualquier servidor público le deben esto a las mujeres”. Lo que se expresa es la exigencia del movimiento ante una “deuda histórica y presente que devela la responsabilidad histórica con el ejercicio libre sobre nuestros cuerpos, pero también sobre los acuerdos internacionales adoptados de espalda al pueblo ecuatoriano, que perpetúan la precarización actual de nosotras” (Ibid.)

Frente a esto nosotras, las siempre incómodas de la historia, con el corazón quebrado por tanta injusticia, politizamos la tristeza juntas, y organizamos la rabia entre todas. Y es que quizás lo que desató este 17S, y que se sintió el 20S en las movilizaciones autoconvocadas, es la posibilidad nuestra de que reelaboremos lo colectivo, sin victimismos, ni superioridad moral, sin monopolizar la representación de la lucha, sin reproducir la política en masculino, ni la que instaura la forma estatal burguesa. Tal vez, este es un momento que alumbre otras formas de hacer política feminista, y amplíe la composición de clase y las demandas del movimiento, en donde ensayemos caminar juntas en pluralidades sin jerarquías, sin esquemas a priori, ni expertas y voces autorizadas, ni marcas, que combinen la experiencia de las que han abierto camino y los nuevos lenguajes y formas de habitar la política de las más jóvenes. No lo sé, pero podríamos hermanas, quizás intentarlo, y convertir esta tristeza y esta rabia, en un conjuro potente contra el patriarcado.

#SeráLey
#MareaVerde

 

 

* Feminista de izquierda, forma parte de Ruda Colectiva Feminista de Marea Verde Ecuador y de la Coalición Interuniversitaria contra el Acoso Sexual, de la Asamblea Feminista de la CDMX y del Foro Feminista contra el G20. Es investigadora del Instituto de Estudios Ecuatorianos y del Observatorio de Cambio Rural, pertenece al Grupo de Trabajo de CLACSO “Estudios Críticos de Desarrollo Rural”, así como a la Cátedra Libre Virginia Bolten Construyendo Feminismos Populares en Nuestra América y al Gender Economic and Ecological Justice de DAWN. Actualmente realiza su doctorado en Estudios Latinoamericanos en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Esto que aquí presento, es una versión de lo que se publicó el domingo 22 de septiembre en el periódico digital Chaka News  Forma parte de los cotidianos e intensos diálogos con mis compañeras feministas, Rudas, Autoconvocadas y Marea Verde. Pensar en conversación es nuestra manera de hacer política. Sin su enorme sabiduría y agudeza nada de esto habría podido ser escrito. Gracias en particular a Estefanía Parra por sus aportes a la reflexión sobre la persistencia de la cultura de la hacienda y la violación a mujeres indígenas; a Belén Valencia por sus percepciones; a Vanessa Bonilla por todo el conocimiento que le está entregando la articulación con otras; y a Kruskaya Hidalgo por su interpelación directa al presidente Moreno y su reflexión sobre la deuda.

[1] Lxs 37 asambleístas restantes pertenecían a la derecha: CREO, Partido Social Cristiano, Partido Sociedad Patriótica, Suma; al centro: Avanza; al movimiento indígena: Pachakutik; y a movimientos regionales.

[2] Las huasicamas eran mujeres indígenas en condición de servidumbre que realizaban el trabajo doméstico en las haciendas ecuatorianas antes de la Reforma Agraria en 1964, sin paga o recibiendo una paga miserable, 6 o 7 días a la semana, 12 horas diarias y que muchas veces eran violadas por los hacendados o sus hijos, como parte del servicio sexual y la iniciación masculina.