Fuimos y somos parte de la historia

Romina Verrua / Foto: Archivo Aurelio Gonzalez
Soy extranjera, vivo en Uruguay desde hace un par de años, y eso que se dice ligeramente constituye un nudo de mi identidad hoy: soy migrante. El año pasado, llegando a esta fecha entrevistaba a Elena Zaffaroni, ex presa política, integrante de Madres y Familiares de Uruguayos Detenidos Desaparecidos. Así­ conocí la historia del nacimiento de la Marcha del Silencio. Incluso antes de haber marchado, me llamaba la atención el nombre, sobre todo porque en mi cabeza resonaban los recuerdos de cada 24 de marzo cordobés -la dictadura argentina comenzó ese día de 1976-, donde las calles se vistieron de flores, de cantos, de murgas y pañuelos, desde que tengo memoria. En esa comparación mental, “el silencio” de cada 20 de mayo me sonaba ajeno y extraño. Con el correr del tiempo, y después de haber caminado en esta callada procesión colectiva, encontré más sentidos a esa nominación.

Soy extranjera, vivo en Uruguay desde hace un par de años, y eso que se dice ligeramente constituye un nudo de mi identidad hoy: soy migrante. Mi formación y mis trabajos de los últimos 10 años han consistido, de diferentes modos, en hablar con las personas. En escuchar, aprender, interpretar, a veces ayudar a ordenar. Cuando me mudé de paí­s sentí­a que todo me era ajeno, pero una de las cosas que más miedo me dio fue no poder volver a tejer espacios de confianza con otros y otras para poder seguir haciendo lo que no solo me gusta, sino que es necesidad vital. Con esa sensación de incertidumbre, un periodista local me dijo que la mirada foránea no necesariamente es correr en desventaja, sino que a veces puede ser una potencia. Quizás fue el empujón que me ayudó a perder el vértigo, ese que da antes de tirarse al agua desde un lugar alto, y animarme a buscar, a preguntar. Así­ llegué a la Asociación de Amigas y Amigos del Museo de la Memoria, y lo que comenzó siendo mi primer espacio laboral en Uruguay se fue transformando en la entrada a un universo particular que me era ajeno, pero no solo a mi, sino a gran parte de la sociedad uruguaya aún hoy.


Desde la cotidianeidad de mis tareas fui estudiando y entrevistando. El comienzo de la dictadura uruguaya en 1973, la Huelga General, la relevancia Tupamara y del Partido Comunista en la historia política local, el particular modo de represión y tortura ejercidos mediante la prisión prolongada, la Ley de Caducidad. Fui aprendiendo, y preguntando. El año pasado, llegando a esta fecha entrevistaba a Elena Zaffaroni, ex presa política, integrante de Madres y Familiares de Uruguayos Detenidos Desaparecidos. Así­ conocí la historia del nacimiento de la Marcha del Silencio. Incluso antes de haber marchado, me llamaba la atención el nombre, sobre todo porque en mi cabeza resonaban los recuerdos de cada 24 de marzo cordobés -la dictadura argentina comenzó ese día de 1976-, donde las calles se vistieron de flores, de cantos, de murgas y pañuelos, desde que tengo memoria. En esa comparación mental, “el silencio” de cada 20 de mayo me sonaba ajeno y extraño. Con el correr del tiempo, y después de haber caminado en esta callada procesión colectiva, encontré más sentidos a esa nominación. Quizás es una condensación de todo lo no dicho, lo no puesto en palabras, lo no explicitado sobre la dictadura militar uruguaya. No en abstracto, no en rasgos enumerados, sino en vivencias, en historias colectivas subjetivamente construidas. ¿Qué pasó en sus vidas por esos años? ¿Cómo están ahora quienes aún están?¿Quién quiere escuchar esos relatos? ¿Quién puede contarlos?


Rosario Caticha, ex presa política y miembro de la Asociación de Amigas y Amigos del Museo de la Memoria, fue la primera que me contó de aquel encuentro de mujeres. En 1997, ellas, cansadas de sentir que sus historias no se escuchaban, que sus versiones eran silenciadas, decidieron encontrarse. Después de tres reuniones que fueron creciendo en convocatoria, algunas de las mujeres que habían estado detenidas por razones políticas consiguieron organizar un encuentro bajo la consigna “Fuimos y somos parte de la historia”. Se juntaron 300. Tuve la posibilidad de conversar con varias de ellas, y todas de diferentes modos relatan sensaciones similares: se habí­an organizado para pensar qué hacer con esta incomodidad del silencio en la historia oficial, pero en este primer gran encuentro ninguna podí­a detenerse a pensar en eso, las emociones y la alegrí­a del reencuentro eran más grandes. Algunas se veí­an por primera vez después de la cana. De esa primera instancia nacieron múltiples proyectos, y formas creativas de procesar juntas lo vivido, de contarse y contar. Nacieron, por ejemplo, los talleres que culminaron en las Colección de publicaciones “Memoria para armar”. De la potencia de esos encuentros y después de mucho esfuerzo, también se presentó en 2011 la denuncia colectiva de 28 mujeres que sufrieron torturas y abuso sexual durante la represión en dictadura. En aquel encuentro de 1997, en los talleres, incluso en la presentación legal participaron mujeres de diferentes pertenencias polí­ticas. Desde aquellas que estuvieron en el Penal de Paso de los Toros hasta las que estuvieron en Punta de Rieles, relatan sobre cuando estaban detenidas: “de las rejas para adentro todas éramos una”. Los lazos de solidaridad y resistencia se tendí­an -y se tienden- en la diversidad y heterogeneidad de adscripciones políticas.


Nosotras hoy, cantamos “somos las nietas de todas las brujas que nunca pudieron quemar”, intentando recuperar la historia de aquellas otras a las que no conocimos, que resistieron y de alguna manera ayudaron a que hoy estemos nosotras acá. El último 8 de marzo una de las “fotos” más emotivas fue el encuentro generacional entre las que estábamos en la calle y las adultas mayores que desde sus balcones agitaban pañuelos violetas. En ese encuentro nos reconocimos las unas a las otras, entendimos dolores compartidos, tendimos complicidades, aprendimos. Creo que en ese canto guerrero también estamos gritando con y por ellas, a las que sí conocemos, y que siguen luchando por contar una historia con voz propia. Otro modo de reafirmarnos que no estamos solas y que juntas creamos gritos que poco a poco fisuran el silencio.