Escupir la pastilla

Mercedes Etcheverry
Avergüenza el desconocimiento del cuerpo propio. Vernos allí infantilizadas ante la doctora o el doctor, diciéndole con torpeza lo que sentimos de esto tan ajeno que resulta nuestro cuerpo. Sentadas en la sala de espera nos van preparando en la pasividad necesaria para luego salir con varias recetas en la mano, lamentándonos de nuestra mala liga, de que este extraño ser que es nosotras y no, nos juegue tan mala pasada.

Pero hubo un tiempo en el que las mujeres conocíamos más de nuestro cuerpo. Eso fue antes de que manejáramos con tanta soltura nombres de laboratorio y de que en un ping pong tengamos tantas chances de completar de memoria un vademécum. Antes de que la sabiduría acerca de nuestros cuerpos nos fuera expropiada con dolor, quemándonos vivas; de que se nos señalara por brujas con la intención de desaparecer de la faz de la tierra nuestro saber. Esa historia es ocultada por las formas institucionales en las que se cuenta la historia, para que no sepamos que alguna vez pasó y así este presente se nos muestre como lo único.

Se nos impuso un hombre para mediar entre nosotras y nuestro cuerpo, o una mujer que actúe masculinizada, enajenada de su ser, como si no fuera. Se impidió que las mujeres nos espejemos en otras y sepamos que eso que sentimos es nuestro y de ella y de otras, y hablar de un “nuestro” en lugar de ese cuerpo tan individual y solitario sobre el cual se nos creó un monstruo, un ser abominable que tiene que quemarse. Está todo montado para que seamos nuestras propias verdugas. Así de jodido e incisivo es el patriarcado. Nuestra maravilla fue rodeada de un halo de patología y morbo, para hacer que nos miremos con temor y vergüenza.

Puedo contar que tuve la suerte de encontrarme con una doctora que me explicó pacientemente que lo que me pasaba estaba bien, que ese tipo de sangrado, que los días de período. Me enseñó a revisarme, mejor dicho, a conocerme. Me llamó por mi nombre con dulzura y puedo decir que se llama Leticia y que tengo que pensar un poco para recordar su apellido. No es la Dra. López, ni la Dra. González; es Leticia, que trabaja de doctora. No llevaba la bata blanca, no sé si fue casualidad, pero su humanidad al descubierto debe haber tenido que ver con lo bien que me sentí. En un momento dijo “sí, a mí también me pasa” cuando le comenté de algo que sentía. Esas fueron palabras mágicas que me llevaron a aquello del entre mujeres. En ese momento fuimos unas brujas que no han podido quemar, o que renacen de las cenizas de alguna plaza pública de la edad media, de un consultorio de mutualista o de cualquier otro espacio en el que nos incineran la dignidad. No le dije tanto, sólo le comenté que siempre me atendería con ella. Entonces le dijo sonriendo a la enfermera: “Viste, otra más.”