Elogio de las luchas que bailan contra el miedo

Maria Noel Sosa González* / Foto: María Paz Morales
La violencia que circula en América Latina no da tregua y duele. Mis compañeras, junto a tantos otros y otres, responden en un espiral de resistencia y creatividad. Hace semanas que estamos muy manija. Frenéticamente leemos noticias, charlamos buscando pistas. Las redes sociales nos conectan y también nos enloquecen. El espectro de mis sentimientos está abierto y hay como mínimo dos canales abiertos: el del miedo y el de la esperanza obstinada. Hay mil matices, pero el péndulo va y viene, intenta reconocer la vulnerabilidad y conecta con la fuerza colectiva.

A Minervas
 


En medio de toda esta intensidad, un diálogo me hace acordar del texto “Elogio de un cuerpo que danza” [1] de Silvia Federici. Es uno de mis textos favoritos de nuestra bruja mayor, uno de los más inspiradores. Encuentro en ese texto dosis concentradas de la teoría que guarda su obra Calibán y la Bruja, pero especialmente un modo de escribir, de decir, de compartir con inmensa vocación pedagógica, con profunda ternura, con una certeza humilde y firme. En ese texto encuentro un poco de calma y desde ese punto de apoyo en medio de la crecida es que sale este texto, tratando de canalizar la ansiedad de mi cuerpo, escuchando cumbia para ir encontrando en el movimiento la fuerza para seguirme(nos) moviendo.

Paisajes

Bolivia. Silvia Rivera Cusicanqui, en su libro “Un mundo ch´ixi es posible. Ensayos desde un presente en crisis” nos invita a pensar desde un lugar de enunciación inscrito en un espacio-tiempo y un paisaje concreto. Ella expresa que piensa desde su paisaje andino. Desde su provocación en el último tiempo hemos conversado mucho con mi hermana Mariana Menéndez de cómo nosotras pensamos desde los ríos. Y pensar desde los ríos nos ha sido fértil para pensar nuestra lucha feminista en Uruguay, la lucha feminista en el Río de la Plata. Pensar desde los ríos nos ha permitido ver lo que fluye, seguir el desborde antipatriarcal, prendernos de la vitalidad de cada hilo de rebeldía, sea arroyito o sea mar. Pero estos días tratando de entender lo que viene aconteciendo en Bolivia, he sentido que ese paisaje que es mi fuerza puede ser también mi límite. Porque ese paisaje es abierto y bello, pero es al mismo tiempo más simple. En medio de la tensión, México me regaló otro paisaje acuático más complejo para ayudarme a entender: el de las cascadas. Esa agua furiosa, que sale de entre las grietas a borbotones, da pistas de lo que puede ser vital en medio de la dureza. Y recuerda que esa agua fluye así porque se alimenta de otras aguas arraizadas. Y es un agua que da vida a mil capas de verde, en una yuxtaposición de profundidades y matices. Pienso que no es sencillo entender esos paisajes complejos para las que venimos de paisajes más simples. Las compañeras insisten en salir de polaridades para desarmar la guerra, en sostener la apertura de la complejidad frente a la desestructuración por izquierda y por derecha. Y aunque es un dolor que nos empapa, agradezco a las compañeras porque sus palabras son brisa fresca para aliviar el asco que provoca el estruendo de las estructuras políticas patriarcales al caer.

Chile. La revuelta en las ciudades de Chile es el paisaje urbano trastocado que nos mantiene también atentas, solidarias, expectantes. Seguramente con ese paisaje enlazo más fácil, porque se parece a los paisajes urbanos que he habitado y habito. Un mes entero que no deja de deslumbrarnos, desde ese acercamiento colectivo que se abraza, baila e invita a bailar, que pone luces a la plaza y la vuelve una fiesta de dignidad. Cada vez que me agobia el miedo o la tristeza vuelvo a ver los videos de los peajes que dicen “el que baila pasa” [2], o el de las guitarras colectivas que cantan “El derecho a vivir en paz” de Victor Jara [3], o el del señor que toca su saxofón en medio de la primera línea de fuego [4]. Y especialmente veo los videos que muestran a una plaza entera haciendo biodanza [5] o dándose abrazos masivos al tono de “que no haya soledad” [6]. Porque luchamos para eso mismo, para combatir la horrenda soledad a la que el sistema nos empuja permanentemente. Los rayos verdes de los láseres[7], las fuerzas de la vida contra los tanques militares alumbran cada vez que me cuesta ver la luz.

Uruguay. En el tramo final antes de las elecciones presidenciales escucho en loop infinito a Gilda cantando “Paisaje”. Es una de esas canciones que bailamos mil veces y que evocamos en tiempos de amores en crisis. Y como con otras tantas canciones, en medio de la revuelta feminista jugamos a resignificarla para el poliamor entre amigas. Entonces la escucho para juntar fuerza frente a la amenaza fascista. Han sido días difíciles, y canto una y otra vez porque no quiero que “la lógica del mundo nos divida”, para que el futuro incierto no nos preocupe, o nos preocupe pero no nos paralice. Y sigo cantando para no perderme en la confusión, para acordarme que van a ser las tramas que construimos y construyamos las que no pueden faltar, que es ahí que tenemos que seguir buscando la fuerza, en el amor que seamos capaces de darnos en medio de tanta ambición de guerra. No está siendo fácil, pero es por ahí, pienso, y sigo cantando.



La jaula se ha vuelto pájaro, ¿qué haremos con el miedo?

Aunque tendencialmente quiero esquivar el dolor y el miedo, no quiero frenar el péndulo ni desconocer ninguno de los lados de su ondulación, porque intuyo que transitar el movimiento entre ambos tiene claves fértiles. Entonces el rizoma me lleva a Alejandra Pizarnik, la que tantas veces evocamos para conjurar el miedo y el dolor de los feminicidios, para cobrar fuerza para decir basta a las violencias que recibimos, para animarnos a luchar por ser cada día más libres en otras y con otras. “La jaula se ha vuelto pájaro, ¿qué haré con el miedo?” [8]repite ella en su poema y me repito a mí misma. ¿Qué vamos a hacer con todo este miedo?

Hemos librado la fuerza feminista de norte a sur. Siento, sentimos, el vértigo de la reacción. Y de a ratos no sabemos qué hacer con el miedo, porque no sabemos bien cómo nombrarlo sin paralizarnos. De ratos lo enunciamos y de a ratos lo escondemos, de a ratos le hacemos chistes y de a ratos se nos cuela en las pesadillas.

Tenemos todas las contradicciones estallando encima de nosotras, de nuestros cuerpos, de nuestras compañeras y hermanas. Y en esa cadena de asociaciones viene otra poeta amada, Audre Lorde, con su pregunta de cuánto de este miedo podrá serme útil [9]. Entonces pienso que ojalá el miedo no saque nuestra peor versión, sino nuestras mejores tradiciones de lucha y solidaridad. O que si saca nuestras miserias podamos encausarlas. Nuestro miedo y angustia no pueden justificar que se reactiven los chistes homofóbicos, ni sacar nuestro lado más racista, ese que reniega de lo que somos o se la agarra con los migrantes. Ojalá reconocer el miedo nos ayude a cobrar fuerza, nos encuentre desde la humildad de sabernos vulnerables en soledad, pero potentes en colectivos. Ojalá aprendamos a poner palabras o a inventarlas, a escucharnos más, a ser tajantes en frenar la violencia pero comprensivas frente a las contradicciones que nos componen.

Ojalá cada vez que sea necesario nos llenemos de rituales de danza, que nos conecten con nuestra capacidad de acuerparnos. No para bailar con ingenuidad, sino para expulsar la rabia sudando. No para evadir los problemas, sino para hacer de los escombros un mundo nuevo. No para desconocer nuestro dolor, sino para recordar que la vida sigue. Y que queremos que siga.

“No era depresión era capitalismo” dicen las paredes en Chile. Y las compañeras agregan no era depresión, era capitalismo y patriarcado y colonialidad. La lucha como terapia de shock masiva parece reinventar hilos de vida frente a todo. Como la vida que se defendió en Ecuador semanas atrás, como la que hora se vuelve a defender a pura cumbia en Colombia. Hemos dicho tantas veces eso que la misma Silvia Federici nos ayudó a entender, que hay que poner en el centro la reproducción de la vida y no la producción de capital. Lo hemos dicho en base a mil experiencias de cada territorio latinoamericano, hemos buscado fuerza desde todas esas luchas históricas y actuales. Ahora, en estas pocas semanas, la contundencia de la vida se ha vuelto una imagen como proyectada en una pantalla gigante que conmueve y despierta. Y tengo miedo, pero sé que pase lo que pase mis compañeras y compañeres van a estar bailando cumbia al lado del río[10],  defendiendo el agua, la vida y la alegría. Con ellas voy a ir a sudar.

 

 

*María Noel Sosa González es integrante del colectivo feminista Minervas y del colectivo de comunicación  Zur. Docente. Mitad duraznense, mitad montevideana. Viajera crónica, que de a ratos, como ahora, vive y estudia en México.

 

[1] El texto fue publicado en español por Minervas. Ver: Federici, Silvia (2016) Elogio de un cuerpo que danza. Revista Escucharnos Decir. Año 1, Nº1, Minervas/Mujeres en Lucha. pp. 106-109.

[2]El que baila pasa

[3] Canto colectivo en Biblioteca Nacional, Santiago de Chile

[4] Video en redes sociales de Barbara Albornoz

[5] Video en redes sociales de Mónica Diaz Friar

[6]Video en redes sociales de Rafael Aranguiz

[7]Video en redes sociales de Aramis Ruiz

[8] El despertar de Alejandra Pizarnik fue publicado originalmente en 1958, en el libro  "Las aventuras perdidas".

[9] " How much of this pain can I use? En: Audre Lorde (1984). Sister/Outsider: Essays ans speeches. New York. Crossing Press

[10] Sudor Marika. Veni a sudar.