Cacerolazo

Mariana Licandro / Foto: Vecinas en los muros
Bocanada de comunidad en tiempos de aislamientos, sentir el golpeteo de un nosotras, sumarse al ritmo que se acerca, se siente. Invitar a hijes a cacerolear, recordar nuestras infancias, nuestras madres abollando tapas de ollas, conectar con una memoria de lucha, apagar la luz por las dudas, reflejos que mantenemos de esos tiempos. Llorar de bronca por las asesinadas y porque nos acabamos de enterar de que hay una menos. Llorar de bronca, descargar todo lo que estamos sintiendo, por las y les que se van al seguro de paro, por las despedidas, las que no están en caja y no están pudiendo conseguir el jornal diario.

Romper el aislamiento social que nos quieren imponer. Quebramos el silencio, ocupamos el espacio público y penetramos dentro de las casas. El caceroleo como metáfora y práctica feminista donde la separación entre lo público y "privado" se difumina. Sinfonía de complicidades desobedientes que no respeta partitura, desborde de sonidos estridentes mientras los perros nos ladran.

Silenciamos nuestras ollas para escuchar a las otras y retomamos con más fuerza, dialogamos entre nosotras sin vernos, no dejamos que ninguna cacerola quede sonando sola.

Están siendo días muy difíciles.  Días de cuarentena para algunas y de más precarización y violencia para todas, todes. 

En nuestros cuerpos se siente la asfixia personal y colectiva, la preocupación por nosotras mismas y por otres. Nos sentimos agobiadas por la sobrecarga del trabajo de cuidados y reproductivos más la exigencia de seguir siendo productivas para sostener un modo de vida que evidentemente es insostenible.

Sentimos la impotencia de que el Estado y el poder médico controle al máximo nuestras vidas y nos diga qué es lo que tenemos que hacer, cuando sabemos que a ellos nuestras vidas no les importan. Porque históricamente han experimentado sobre nuestros cuerpos feminizados, pobres, negros y originarios.

El ruido se va apagando, nos queda una sensación extraña, nos escribimos y sin proponernos vamos armando una crónica colectiva de lo que fue, de cómo sonó en cada barrio. ¡Lo hicimos! Lo volvimos a hacer. Reafirmamos nuestra capacidad colectiva y creativa para desbordar los límites,  acompañarnos y sostenernos. Reinventamos formas para escucharnos, las luchas de nuestras madres nos inspiran, activamos entre nosotras nuevas formas para dialogar,  sobrevivir y seguir transformándolo todo.

Hace apenas unas semanas, en la Huelga Feminista, las cirqueras ocuparon el cielo y entre todas, todes, hicimos temblar la tierra, ayer el espacio sonoro fue modificado por esa polifonía de nuestras cacerolas. Hemos permeado todos los espacios físicos, sociales, políticos, e íntimos. Hemos politizado todos los aspectos de nuestras vidas y es lo que nos permite hoy no sentirnos solas cuando el agobio parece instalarse.

Durante estos últimos años el movimiento feminista, sobre todo en nuestras geografías del sur, ha ido construyendo claves para defender y cuidar la vida frente a un sistema que defiende la muerte, la precarización y el ecocidio para garantizar las ganancias de los ricos. En estos momentos este debate se potencia y amplifica, a nosotras no nos agarra desarmadas, hemos ido tejiendo una trama que nos sostiene y que debemos reforzar ahora, estamos y seguiremos creando formas, maneras para sostener la vida entre todas, todes y para que el aislamiento no sea social ni afectivo.

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